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Full text of "Todos somos unos : sainete lírico en un acto y en prosa"

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JACINTO    BENAVENTE 


odos  somos  unos 


SAÍNETE   LÍRICO 


en  un  acto  y  ©n   prosa,  original 


MÚSICA  DEL 


¡MAESTRO   LLEÓ 


H3>$-<q*3-*- — 


eopvrigtíi,  by  Dacinto  Benaueníe,  1907 

SOCIEDAD  DE  AUTORES  ESPAÑOLES 
Núñez  de  Balboa,  12 

3.©or7 


TODOS  SOMOS  UNOS 


Esta  obra  es  propiedad  de  su  autor,  y  nadie  po- 
drá, sin  su  permiso,  reimprimirla  ni  representarla  en 
España  ni  en  los  paises  con  los  cuales  se  hayan  cele- 
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duction  reserves  pour  tous  les  pays,  y  compris  la  Sué- 
de,  la  Norvége  et  la  Hollando. 


TODOS  SOMOS  UNOS 


SAÍNETE  LÍRICO 
i    ao-to   y  en    prosa 


ORIGINAL  DE 


JACINTO    BENAVENTE 


MÚSICA.  DEL 


maestAo  lleó 


Estrenado  en  el  TEATRO  E3IAVA  de  Madrid,  la  noche  del 
21  de  Septiembre  de  1907 


■*- 


MADRID 

Si  Velasco,  impresor,  Marqués  de  Santa  Ana,  11 

Teléfono  número  551 

1907 


REPARTO 


PERSONAJES  ACTORES 

t  LEONOR Sea.    Manso. 

«    LA  BRASILEÑA Seta.  Maetínez. 

'  LA  TANGUERA. Andbés. 

*  LA  CHIRRIS Quijano. 

y  VICENTA Sea.    Tbain. 

'     CAROLA Seta.  Santa  Cbuz. 

EL  MORO Se.       Mieó. 

*  EL  PERRERO Veea. 

*  MARQUÉS Allen-Pebkins. 

v    ISIDORO Gameeo. 

i     ROMUALDO Rodbíguez. 

\     JUANITO Velízquez. 

t    MIGUEL Del  Valle. 

PACO  VÉLEZ Mabineb. 

ENRIQUE Gil  de  Abana. 

DON  LEONARDO. Tovabes. 

PEPE CONTEEEAS. 

UN  MOZO í Mobaleda. 


frw~ *g5@& WUSKa» i^&crs 


ACTO  ÚNICO 


La  escena  representa  un  restauraut  en  la  Bombilla.  Plazoleta  de  ár- 
boles con  cenadores  á  derecha  é  izquierda.  Es  de  noche 


ESCENA  PRIMERA 

El  MORO  y  el  PERRERO  toman  cerveza  sentados:  á  su  lado  un  pia- 
no de  manubrio.  Un  MOZO  va  y  viene  sirviendo  á  los  cenadores 

Mozo  (saliendo.)  Que  si  no  tenéis  la  machicha. 

Per.  Pa  sabido.  En  este  cilindro  no  la  traemos. 

Ya  está  eso  mu  pasao. 

Mozo  Pues  que  toquéis  algo. 

Per  En  cuanto  tomemos  esto. 

Moro  ¡4  ver!  Pues  llevamos  hoy  mala  tupitaina. 

Per.  ¡Lo  que  yo  he  sudao!. .  Y  eso  que  bien  tem- 

prano me  bajé  al  río  y  me  he  chapuzao 
bien,  pero  con  jabón  y  todo;  una  pastilla 
que  me  ha  costado  dos  reales,  pero  que  te 
deja  el  primer  olor.  Toavía  pué  que  se  note. 

Moro      '    Sí  que  huele  bien.  ¡No  hay  como  el  aseol 

Per.  Que  lo  digas. 

Moro  Yo  antes  también  me  bañaba  tóos  los  vera- 

nos, pero  desde  que  tuve  la  pulmonía,  no 

puedo  hacer    excesos.   (Dentro  llaman  al  Mozo.) 

Mozo  Va...  va...  ¡Que  toquéis  algo! 

MORO  En  seguida.  (Mutis  del  Mozo.) 


—  6  — 

Per.  Mira  que  tiene  suerte  esa  Leonor. 

Moro  Es  que  lo  vale. 

Per.  Los  que  la  hemos  visto  como  tú  y  como  yo... 

Moro  Y  eso  que  tié  que  ver... 

Per.  No,  si  yo  siempre  se  lo  tenía  pronostícaos 

cuántas  veces  se  lo  tengo  dicho  cuando  es- 
tábamos en  confianza:  Micaela...  entonces 
no  la  llamaban  Leonor. 

Moro  ¿Qué  vas  á  decirme? 

Per.  Tú  tiés  mérito  y  debes  de  mirarte  mucho 

y  no  amontonarte  con  el  primer  sinver- 
güenza... 

Moro  ¿Qué  vas  á  decirme?  Si  fui  yo  el  primero 

que  tuvo  algo  verdad  con  ella. 

Per  No  vengas  presumiendo,  porque  tóos  sabe- 

mos que  el  primero  fué  don  Baltasar  el  de 
la  casa  de  préstamos. 

Moro  ¡Por  el  parné;  vaya  una  gracia!...  Pero  con 

ilusión...  Que  te  lo  diga  ella. 

Per  Pues  don  Baltasar  estuvo  si  se  casaba  ó  no 

se  casaba...  Si  no  promedian  sus  sobrinos, 
por  la  cuenta  que  les  traía... 

Moro  ¿Qué  vas  á  decirme?  Vinieron  á  ofrecerme 

diez  duros  y  una  colocación  si  yo  le  decía 
al  tío  más  de  cuatro  cosas  que  habían  pasao 
con  la  Leonor. 

Per,  ¡Qué  gente  más  baja! 

Moro  ¡Miá  que  diez  duros! 

Per.  ¡Y  una  colocación!  Si  á  mano  viene  pa  tra- 

bajar... 

Moro  ¡Seguro.  Conmigo  dieron...  No  podrá  decir 

la  Leonor  que  yo  la  he  perjudicao  lo  más 
mínimo;  así  es  que  hoy  mismo,  ande  la  ves, 
pues  estar  seguro  que  favor  que  yo  la  pidie- 
ra, favor  que  me  hacía. 

Per.  ¿Y  cómo  habrá  venido  hoy  aquí?  ¿La  habrá 

dejao  ya  el  Marqués? 

Moro  ¡Qué  tié  que  haber  dejao!  Es  que  está  fuera. 

Per.  ¿Y  esos  que  han  venido  con  ella?  ¿Los  co- 

noces? 

Moro  A  uno  le  llaman  don  Paco.  Debe  ser  de  la 

curia,  porque  anda  mucho  por  los  Júzgaos 
y  por  las  Salesas;  yo  le  veo  por  allá  casi 
tóos  los  días. 


Per.  Ahora  me  da  una  idea  que  también  yo  le 

tengo  visto...  De  cuando  la  Chirris  me  me- 
tió en  el  lío  de  sus  alhajas.  Ya  sabes... 

Moro  ¿Ande  andará  esa? 

Per.  Aquí  viene  mucho  con  la  Tanguera,  que 

ahora  está  con  don  Leandro,  el  que  fuér 
ispector  del  Centro. 

Moro  No  conozco  otra  cosa.  ¿Has  acabao  ya? 

Per  Cuando  quieras.  aI/*$    I* 

MORG  Pues  vamos  á  darle...  (Toca  el  piano.) 


ESCENA  II 

DICHOS,  VICENTA,  CAROLA,  ISIDORO,  JUANITO  y  MIGUEL 

y"  J     i  *%  f  i 

Vic. '  Pero  que  está  muy  bien  esto.  No  creí  yo 

que  era  una  cosa  así. 

Isid.  ¿Qué  te  pensabas?  ¿Dónde  andará  Romual- 

do? Voy  á  ver.  (Mutis.) 

VTic.  Yo  voy  á  sentarme,  que  tengo  un  temblor 

de  piernas  con  el  susto...  Yo  me  creí  que 
habíais  atropellao  ai  chiquillo. 

Jua.  ¡Si  no  se  pué  andar  en  el  coche  por  Madrid; 

es  una  vergüenza;  echan  los  chicos  en  me- 
dio de  la  calle  como  si  íuan  perros,  y  avisa 
uno  y  lo  pri mérito  que  dicen  sus  padres; 
«no  sus  quitéis,  que  se  pare  él»;  y  les  tro- 
pieza uno  na  más  que  con  la  fusta,  y  pa 
qué  quié  uno  más  día  de  fiesta. 

Vic.  Por  eso  á  mí  no  me  gusta  ir  en  coche  á  nin- 

guna parte...  ¡teniendo  la  comodidad  del 
tranvía! 

Mig.  (a  carola.)  ¿Pero  vas  á  estar  así  toa  la  noche? 

Pa  llancar  la  atención... 

Car.  Es  que  eso  que  has  hecho...  cuando  venía- 

mos, ha  estao  muy  feo. 

Mig.  ¡Creerás  que  ha  sido  intencionao!   ¡Te  lo  di- 

ríal  Si  es  que  yo  creí  que  volcábamos.  Ya 
ves  que  tu  madre  también  se  agarró  á  mí... 
Y  eso  vas  á  creer  también  que  fué  inten- 
cionao. 


—  8    - 

Isid.  (saliendo.)  Ya  he  dicho  de  que  avisen  á  Ro- 

mualdo que  hemos  venido.  Está  en  la  coci- 
na ocupao...  Su  mujer  y  las  chicas  no  están 
aquí. 

Vic.  Habrán  ido  al  teatro  ó  á  dar  una  vuelta  por 

Madrid 

Isid.  ¡Quiá!  Si  es  que  están  de  baños  en  Alicante. 

Vic.  ¡Anda,  anda,   la  Nati  qué  vida  se  pega!... 

¡Eso  es  suerte  de  mujer! 

ísio.  ¡Puede  que  la  tenga  envidia!  ¡Mira  que  es 

condición  que  siempre  tiene  que  parecerte 
mejor  lo  de  los  demás!...  ¡Como  si  tú  no 
hubieras  estao  nunca  de  baños! 

Viz.  Pero  yo  iba  porque  ibas  tú  con  los  señores 

y  yo  iba  contigo  Pero  ella  ha  ido  á  dis- 
frutar. 

Isid.  Sí,  que  no  has  disfrutao  tú  en  ese  San  Se- 

bastián, y  hasta  fuiste  á  Bayona  y  á  la  Vir- 
gen de  Lourdes,  ¿y  no  gastastes  lo  que  te 
dio  la  gana?  Te  digo,  Juanito,  que  no  sabes 
lo  que  haces  con  no  casarte.  ¡Qué  mujeres! 
Ya  pues  hacer,  nunca  las  ves  contentas... 

Jüa.  Pues  si  tú  te  quejas  de  la  Vicenta... 

Vic.  Tú  verás.  Di  que  cómo  se  verían  más  de 

cuatro  si  no  fuera  por  sus  mujeres.  Y  aquí 
está  éste,  y  que  diga  cómo  le  lucía  el  pelo 
antes  de  casarse.  Suerte  que  aquí  me  cono- 
ce de  casi  toda  la  vida... 

Jua  .  Puede  usted  decirlo. 

Mig.  (a  carola.)  ¿Vamos  á  bailar? 

Car.  ¡Quita  de  ahí!  Aquí  los  dos  solos  como  dos 

tontos.  ¡Ganas  de  hacer  el  paso!  (vanae  y  Vi- 
centa detrás.) 

Per.  Buenas  noches,  señor  Isidoro   y   la   com- 

pañía. 

Isid  Hola,  hombre.  ¿Estás    aquí  con   el   istru- 

mento? 

Per.  ¡A  ver!  ¿Y  qué?  ¿Se  ha  venido  á  tomar  el 

fresco? 

Isid.  Aquí  con  la  familia  y  estos  amigos  á  ver 

esto  que  es  ahora  de  un  conocido. 

Per.  Del  señor  Romualdo.  ¿Le  conoce  usted? 

Isid.  Estaba  en  la  cecina  del  duque  de  Villaque- 

jido,  cuando  yo  servía  en  la  casa.  Es  un 


—  9  _ 

buen  amigo.  Desde  que  tomó  esto,  siempre 
nos  estaba  conque  viniéramos  á  verlo;  con- 
que esta  noche  ha  sido. 

Per.  ¡A  ver!  Y  que  está  la  primer  noche.  Oiga  us- 

ted. ¿No  sabe  usted  quién  está  ahí  con  unos 
señores? 

Ism.  Tú  dirás. 

Per.  La  Leonor.  ¿Es  que  no  está  ya  con  el  Mar- 

qués? 

Isid.  Yo  estoy  en  que  sí,  aunque  no  deja  de  cho- 

carme que  no  se  la  haya  llevao  este  verano, 
porque  aunque  nosotros  estábamos  en  San 
Sebastián,  siempre  la  tenía  por  allí  cerca,  y 
él  iba  y  venía.  Pero  pa  mí  que  sigue  con 
ella;  por  lo  menos  no  hará  quince  días  que 
escribió  encargándome  de  buscarle  un  caba- 
llo pa  limonera. 

Per.  Entonces... 

Isid  ¿Y  dices  que  está  ahí? 

Per.  Ahí  la  tiene  usted,  con  una  de  brillantes  en- 

cima... 

Isid.  Pues  mira  que  si  el  Marqués  lo  supiera... 

Per.  ¡A  ver!  No  le  daría  gusto. 

ISID.  jQué  mujeres!  (Salen  Miguel,  Vicenta  y  Carola.) 

Per.  Le  sale  todo  por  una  friolera. 

Isid.  Bueno,  me  alegro  de  verte.  Voy  aquí  con  la 

familia. 

Per.  Tanto  gusto. 

Moro  Oye,  tú;  ¿quién  es? 

Per.  El  cochero  del  marqués  de  los  Morales. 

Mokq  Anda,  ¿del  que  está  con  la  Leonor? 

Per.  Ese  mismo. 

Moro  ¿Y  esas  que  están  con  él? 

Per.  Su  mujer  y  su  hija,  no  vayas  á  creer  otra 

cosa.  Y  el  otro,  Juanito,  el  que  está  ahora 
de  segundo  con  él,  y  el  otro,  el  novio  de  la 
hija,  Miguel,  que  está  de  escribiente  en  los 
Júzgaos...  Isidoro  es  la  gran  persona;  me  tié 
dao  á, ganar  mucho  dinero  cuando  yo  anda- 
ba  con  los  perros. 

Vic.  ¿De  qué  conoces  al  pianista? 

Isid.  De  que  antes  vendía  perros  y  le  tengo  com- 

praos muchos  fosterriers  pa  las  cocheras.  Es 
un  buen  chico,  de  estos  golfos  de  Madrid 


—  lo- 
que hacen  á  todo.  ¿No  sabes  lo  que  me  ha 
dicho? 

Vic.  ¿Qué? 

Isid.  Que  está  ahí  la  Leonor. 

Vic.  ¿La  del  amo? 

Isid.  De  juerga  por  lo  visto  con  unos... 

Vic.  Pa  eso  se  gastan  los  miles  con  ella. 

Jua.  Pero  si  es  sabido;  si  la  témpora  que  yo  es- 

tuve en  el  punto  la  tengo  lleváa  mil  veces  á 
cuarenta  sitios  peor  que  este,  porque  aquí 
siquiera  está  al  aire  libre. 

Isid.  ¿No  es  pa  matarla?  Vamos,  que   si  el  señor 

Marqués  se  entera... 

Vic.  jA  él  sí  que  había  que  matarlo!  Con  la  mu- 

jer que  tiene,  y  los  niños  lan  ricos.  Si  á  los 
hombres  les  está  muy  bien  más  de  cuatro 
cosas  que  les  pasan.  Si  lo  tengo  visto:  cuan- 
do la  mujer  es  como  Dios  manda,  el  mari- 
do... ¡anda  con  Dios!  como  aquí,  en  casa 
del  duque,  tenía  usted  lo  contiario,  él,  un 
alma  bendita,  y  ella...  lo  que  tóos  sabemos. 

Jua.  También,  también  la  tengo  lleváa  á  muchos 

sitios. 

Vic.  Lo  malo  es  que  volvías  á  traerla.  Es  que  no 

no  se  ha  de  ver  una  casa  conforme,  cuando 
no  e3  la  mujer,  es  el  marido,  siempre  tié 
que  haber  uno  pa  trastornar...  Siquiera 
cuando  son  los  dos  como  los  de  casa  Mori- 
llo... ¡anda  con  Dios,  y  todos  contentos!...  Y 
que  las  hijas  también  van  saliendo;  la  que 
se  ca«ó  el  año  pasao,  creo  que  hace  poco  ha 
dao  el  primer  escándalo. 

Jua  .  Ya  tié  daos  muchos. 

Vic.  Ya  lo  sé;  digo  el  primero  porque  éste  ha 

Sido  el  máS  gordo.  (Entra  el  Mozo.) 

Mozo  El  amo  que  viene  en  seguida;  que  no  les 

dice  á  ustedes  que  pasen,  porque  en  la  coci- 
na hace  mucho  calor. 

Isid.  Dígale  usted  que  aquí  le  esperamos. 

Mozo  Dice  que  si  están  ustedes  buenos. 

Isid.  Dígale  usted  que  sí.  ¿Y  cómo  va  esto? 

Mozo  Pues  va  marchando.  Ahora  que  estaba  muy 

desacreditao  porque  el  dueño  de  antes,  como 
estaba  tan  metido  en  política,  lo  tenia  muy 


—  11  -— 

desatendido...  Con  su  permiso  voy  á  servir 
aquí. 

Isid.  ¿A  esa...  señora? 

Mozo  Demasiado  que  la  conocerá  usted. 

Isid.  Algo...  ¿Y  los  caballeros? 

Mozo  También  que  los  conocerá  usted.  Uno  es  don 

Francisco  Tellez. 

Isid.  Muy  amigo  del  señor  Marqués... 

Mozo  Como  que  es  el  que  presta  dinero  á  toda  la 

gente  gorda;  es  decir,  el  dinero  es  de  una  se- 
ñora viuda  de  un  general.  Don  Paco  es  el 
agente. 

Isid.  Y  lo  otro. 

Mozo  Sobreentendido. 

Uno  (Llamando  dentro.)  ¡Camarero!  ¡Mozo! 

Mozo  ¡Va,  va!  Con  su  permiso. 

IsiD.  Oye,  Miguel.  (Miguel  está    hablando    con  Carola  y 

no  le  oye.)  ¡Miguel! 

Mío.  ¿Qué  manda  usted? 

Isid,  ¿Pero  no  lo  tenéis  tó  hablao? 

Vic.  Es  lo  que  yo  le  digo.  Es  que  me  tenéis  as- 

quea de  veras... 

Mig.  Porque  ustedes  no  se  acuerdan  de  ustedes. 

Vrc.  ¿Yo?  ¿Con  su  padre  de  esta?  ¡Jesús!  Estába- 

mos en  la  misma  casa  y  se  nos  pasaban  los 
días  sin  mediar  palabra... 

Mig.  Por  eso  se  casaron  ustedes  antes  de  lo  que 

pensaban. 

Vic.  ¡Oye  tú,  desvergonzao!   ¡Pué  que  creas  que 

fué  por  tapar  algol  Fué  porque  la  señora 
duquesa  dijo  que  no  quería  noviajos  en  la 
casa;  que  nos  casábamos,  ó  á  la  calle. .  ¡Tú 
verás!...  Y  á  mí  no  vuelvas  á  interpelarme 
en  esa  forma,  porque  si  mi  marido  no  te 
llama  la  atención,  como  era  su  derecho,  me 
basto  yo  para  saltarte  las  muelas  de  un  re- 
.vés.  ¡Pues  hombre,  hasta  ahí  podíamos  pro- 
pasarnos! 

Car.  Pero  madre... 

Vic.  ¡No  hay  madre  ni  padre!  Pué  que  vayas  á 

consentirlo  que  me  falte,  antes  de  ser  tu 
marido... 

Mig.  ¡Señora   Vicenta,  que  mi  intención  no  ha 

sido  de  faltarle  á  usted,  ni  de  propasarme  en 


—  12  — 

lo  más  mínimo,  que  yo  tengo  sobrada  edu- 
cación para  eso  y  usted  ha  sido  la  que  ha  in- 
trepetao  mal... 

Vic.  ¡Pues  pa  que  yo  no  tenga  que  interpretar 

nada,  te  miras  mucho  antes  de  decirme 
nada!...  Y  se  acabó,  que  no  tengo  gana  de 
sofocarme  con  Ja  calor  que  hace. 

Mig.  ¿Pero,  ves  tu  madre? 

Car.  Y  si  ya  sabes  como  es,  ¿pa  qué  la  dices  na? 

Mig.  ¿Pero  le  he  dicho  yo  nada  pa  que  se  ponga 

así?...  Y  aquí  está  tu  padre...  Vamos  á  ver, 
señor  Isidoro,  ¿cuánto  tiempo  hace  que  se 
casaron  ustedes? 

Isid.  Diecinueve  años  y  cinco  meses. 

Mig.  ¿Y  qué  edá  tié  la  Carola? 

Isid.  Diecinueve  años. 

Mig.  Entonces,  ¿por  qué  se  pone  tonta  su  señora 

de  usted?  Si  se  casaron  ustedes,  ¿no  está  ya 
todo  legalizao? 

Isid.  Pero  si  ella  tiene  en  eso  su  amor  propio, 

¿qué  vas  á  hacerle?...  YT  deja  ya  ese  asunto 
que  tú  te  crees  que  estás  siempre  en  la  es- 
cribanía, que  de  cada  palabra  movéis  un 
pleito.  Iba  á  preguntarte  si  conoces  á  un  se- 
ñor Tellez  que  está  ahí  con  la  Leonor... 

Mig.  ¿Don  Paco  Tellez? 

Isid.  El  mismo,  don  Paco. 

Mig.  ¡No  le  tengo  de  conocer! 

Isid  .  ¿Tié  asuntos  en  el  Juzgao? 

Mig  ¡Todos  los  días!...  ¿Usted  no  le  conoce? 

Isid.  Como  á  tí.  Algunas  veces  le  he  llevao  con 

el  señor  Marqués.  Es  muy  amigo. 

Mig.  Bien  dicen  que  el  más  amigo  la  pega...  Pues 

este  don  Paco  fué  el  que  le  arregló  á  la  Leo- 
nor otro  lío  muy  gordo,  que  pudo  costaría 
ir  de  causa,  porque  el  Marqués  también  se 
había  interesao  antes  por  este  don  Paco  .. 
que  le  tendrá  dao  dinero  más  de  cuatro  ve- 
ces, si  á  mano  viene  para  dárselo  á  !a  Leo- 
nor. 

Isid.  Seguro.  ¡Porque  cuidao  que  le  come  esta 

mujer!  Con  lo  que  ella  le  saca  en  un  mes, 
hacía  yo  mi  felicidad. 

Mig  Y  cualquiera. 


—  13  — 

Isid.  Hoy  día  tié  ella  mejores  trenes  que  nos- 

otros, sin  contar  el  automóvil.  ¿Y  la  casa? 
¡Yo  no  he  visto  otra,  y  he  visto  las  mejores 
casas  de  Madrid,  y  en  Madrid  me  parece 
que  hay  casas,  pero  como  ésta,  pocas!  ¡Has- 
ta el  baño  de  cristal  que  tié,  muchacho!  ¿Y 
la  alcoba?  A  lo  Luis  XIV. 

Mig.  ¿Catorce  na  más? 

Xsid.  Voy  á  llevarte  un  día  por  gusto  pa  que  la 

veas.  Yo  conozco  mucho  á  Gastón,  un  chi- 
co francés  que  es  el  que  ella  tié  de  su  con- 
fianza. 

Mig.  ¡Vamos,  sí!... 

Isid.  Nada  de  eso,  si  es  como  una  doncella,  la 

viste  y  todo. 


ESCENA  III 

DICHOS    y     ROMUALDO 

Isid.  ¡Romualdo! 

Rom.  ¡Isidoro!  ¡Qué  me  alegro  de  verte! 

Isid.  ¡Y  yo,  no  sabes! 

Rom.  Y  la  Vicenta,  tan  buena... 

Vic.  Regular,  vamos.  Ya  nos  han  dicho  que  tié 

usted  á  la  familia  de  baños.  ¡Vaya  con  la 
Nati,  qué  picara! 

Rom.  Pues  por  los  chicos,  que  sentían  el  calor  y 

parece  que  se  desmejoraban,  y  aquí  lo  hu- 
bieran pasao,  pero  como  estamos  de  obra 
en  la  parte  que  hemos  de  vivir,  pues  es  un 
ahogo;  así  es  que  fui  y  les  dije:  andar  y  ve- 
ros á  Alicante  y  bañarse  bien  y  refrescarse 
y  no  venirse  hasta  que  sos  diga. 

Vic.  Estará  usted  sin  sombra. 

Rom.  Así  es,  pero  que  va  usted  á  hacerle.  Por  los 

hijos  se  impone  uno  toda  clase  de  sacrifi- 
ficios.  ¿Y  la  Carola,  tan  guapa? 

Vic.  Saluda,  mujer. 

Car.  Muy  buenas  noches.  ¿Cómo  está  usted? 

Rom.  ¿Bien  y  tú? 

Car.  Para  servir  á  usted.  ¿La  familia  de  usted 

tan  buena? 


—  14  — 

Rom.  Buena,  gracias,  (señalando  &  Miguel.)  Aquí  no 

hay  que  preguntar. 

Mig.  Servidor  de  usted. 

Rom.  Que  sea  para  bien. 

Vic.  ¡Ay!  deje  usted  que  sea,  que  ahora  princi- 

pia... 

Mig.  ¿Pero  ves  tu  madre,  que  no  sabe  hablar  sin 

zaherir? 

Cap.  jDéjala  y  que  diga! 

Rom.  ¿Y  por  qué  no  ha  de  ser,  seña  Vicenta? 

Vosotros  quererse  y  ustedes  dejarlos  que- 
rerse... y  too  llegará  á  hacerse. 

ÍSID.  (Presentando  á    Juanito  )  Aquí,   es    Juanito    que 

está  ahora  conmigo  de  segundo. 
Jua  .  Servidor. 

Rom.  Por  muchos  años  y  tantismo  gusto... 

Jua.  Lo  mismo  digo. 

Rom.  Basta  ser  que  esté  usted  con  Isidoro  pa  que 

lé  mire  á  usted  como  á  él,  y  él  ya  sabe  que 
todo  lo  que  hay  en  mi  casa,  por  suyo...  Pero, 
¿cómo  no  habéis  venido  antes? 

Isid.  Pues  tóos  los  días  queriendo  venir,  que  te 

diga  ésta,  pero  que  no  s'arreglao  hasta  hoy 
por  no  tener  coche;  porque  el  mail  es  mu- 
cho coche,  y  en  un  lando  no  íbamos  á  venir, 
y  el  faetón  ha  estao  en  el  taller  y  hasta  hoy 
no  lo  hemos  tenido  disponible. 

Hom.  ;,Y  cómo   es   que  este  año  no  has  salido 

fuera? 

Isid.  Este  año  no  se  han  llevado  más  que  los 

otos. 

Rom.  ¿Y  qué  es  eso? 

Isid.  Los  automóviles:  en  Francia  los  llaman  así. 

Rom.  Ahora,  con  eso  del  automóvil,  pa  vosotros 

menos  trabajo. 

Isid.  ¡A  ver! 

Rom.  Si  no  acaban  con  nosotros. 

Vic.  Es  lo  que  yo  digo;  que  habrá  que  ir  apren- 

diendo á  sofer,  por  si  es  caso. 

Isid.  Hay  que  desengañarse;  donde  esté  un  buen 

tren  con  su  buen  tronco  de  caballos,  y  unas 
buenas  manos  pa  presentarlo,  que  se  qui- 
ten los  automóviles. 

Rom.  Así  es,  » 


—  15  - 

Isid.  Di  que  es  una  moda  como  todo,  que  en 

cuanto  la  tenga  todo  el  mundo  les  cansará 
á  los  señores  y  tendrán  que  inventar  otra 
cosa. 

Rom.  Así  es. 

Isid.  Pero  un  tren  de  lujo  será  siempre  un  lujo 

verdá...  Porque...  ¿quies  tú  decirme  cómo 
van  á  presentarme  un  automóvil  á  la  gran 
Doman  y  á  ver  dónde  hay  nada  igual  á  una 
gran  domón  pa  presentarse  en  público  una 
señora  de  la  grandeza  un  día  que  quiera 
presentarse? 

Rom.  Así  es.  ¿Pero  qué  van  ustedes  á  tomar?  Por- 

que aquí  no  ha  venido  nadie  pa  esto. 

Isid.  El  gusto  de  verte. 

Vic.  No  es  despreciarle  á  usted,  pero  es  que  no 

tenemos  gana  de  nada.  Digo,  yo  hablo  por 
mí...  Estos,  ustedes  dirán. 

Isid.  Si   precisamente  esta  noche   hemos  cenao 

una  barbaridá. 

Rom.  Pues  de  aquí  á  un  rato.  Ahora  vengan  uste- 

des á  ver  todo  esto. 

Vic.  El  jardín  está  muy  precioso. 

Rom.  A  fuerza  de  lo  que  se  ha  trabajao.  Estaba 

too  muy  abandonao,  así  es  que  no  queráis 
saberlo  que  aquí  se  me  ha  ido. 

Vic.  Sí  que  se  le  habrán  ido  á  usted  muy  buenos 

cuartos.  Pero  ya  se  dimnizará  usted  de  todo. 

Rom.  Es  de  temer. 

ESCENA  IV 

DICHOS,    LEONOR,  PACO  y  ENRIQUE 

Leo.  Que  nos  sirvan  aquí  el  café,  que  estaremos 

más  frescos. 
Paco  Mujer,  que  hay  mucha  gente. 

Leo.  ¿Van  á  comernos? 

Paco  Hubiéramos  estado  mejor  en  un  reservado. 

Leo.  ¡Pa  reservaos  está  el  tiempo!  ¡Con  el  calor 

que  hace! 
Paco  Es  que  á  mí  no  me  gusta  exhibirme  y  á  tí 

debía  gustarte  menos. 
Leo.  ¿A  mí?  Ya  pueden  ir  telegrafiando.  Ya  po- 


-    16  — 

dría  suponer  que  no  iba  yo  á  haberme  que- 
dao  en  Madrid  pa  irme  á  llorar  por  las  no- 
ches á  los  solares  del  Buen  Retiro.  ¡Como 
esto  está  tan  divertido  en  verano! 

ROM.  (Fijándose  en  Leonor,  á  Isidoro.)  No,  no  Sabía  que 

estaba  aquí. 
Isid.  No  es  mala  parroquiana. 

Leo.  (Reparando  en  el  grupo.)  Buenas  noches,  Isido- 

ro.  ¿No  querías  saludarme?... 
Isid.  Por  mí...  ya  ve  usted...  ¿Cómo  está  la  seño- 

rita? 
Leo.  Ya  la  ves:  aburrida  de  estar  en   Madrid  y 

con  este  calor  y  con  estos  amigos. 
Isid.  Buenas  noches,  don  Francisco,  ¿cómo  está 

usted? 
Paco  Bueno,  gracias.  (Bajo  á  Leonor.)  ¿Lo  ves? 

Enr.  ¡Y  creíamos  que  aquí  no  nos  vería  nadie! 

Paco  ¡Los  caprichos  de  esta!  ¡Ya  se  lo  dije  yo! 

Isid.  Pues  salimos  á  pasear  los  caballos,  y  de  paso 

hemos  venido  á  ver  á  este  amigo. 
Leo.  ¿A  Romualdo?  También  es  amigo  mío...  Y 

ya  ve  que  no  le  olvido. 
Rom.  Y  se  agradece...  Ya  sabe  usted  que  en  mi 

casa... 
Leo.  Ahora  se  puede  venir  á  comer  aquí. 

Isid.  Ya  lo  creo,  donde  esté  Romualdo... 

Rom.  ¿Han  comido  ustedes  bien? 

Leo.  Yo  en  verano  estoy  siempre  desgana,  no  me 

apetece   más   que  gazpachos  y  horchata... 

Pero  me  arma  una  revolución  que  tengo 

que  privarme.  ¿Es  tu  familia? 
I8id.  Sí,  señorita;  mi  mujer. 

Vic.  Servidora. 

Isid.  La  chica... 

Leo.  Muy  guapa. 

Car.  Muchísimas  gracias;  es  favor. 

Leo.  (por  Miguel.)  ¿Hijo  tuyo  también? 

Isid.  Tras  de  eso  anda. 

Leo.  Vamos,  será  muy  formal. 

Isid.  Así  parece.  Pues  nosotros  vamos  á  ver  esto. 

Que  usted  siga  buena. 
Leo.  Gracias. 

Isid.  Y  descuide  usted,  que  por  mí,  como  si  no 

nos  hubiéramos  visto. 


—  17  — 

Leo  |Ay,  no!  Si  no  me  importa.  Ya  ves  lo  que 

me  tapo,  lo  que  á  mí  me  ha  gustao  tapar- 
me nunca. 

Vic.  Muy  buenas  noches...   ¡Qué  mujerota!  ¿Os 

habéis  fijao  qué  de  brillantes?  Tié  que  ha- 
ber un  castigo  muy  grande  en  el  otro  mun- 
do; de  otro  modo  ¿quié  usted  decirme  qué 
le  serviría  á  una  ser  decente? 

Rom.  |Hay  que  ver  cómo  acaban! 

Mig.  Díganmelo   ustedes  á  mí.  Habré  yo  visto 

cosas?  A  esta  misma  la  tenemos  ejecuta  lo 
menos  ocho  veces. 

Ism.  Y  lo  que  te  rondaré. 

Mig.  La  última  vez  se  lo  embargamos  todo,  me- 

nos la  cama... 

Rom.  A  ver,  eso  no  pué  embargarse,  ni  los  útiles 

del  oficio  de  uno. 

Mig.  Aquí  todo  era  uno... 

Car.  ¡Y  yo  que  no  la  encuentro  tan   guapa!  ¿Y 

tú? 

Mig.  (cogiéndole  una  mano.)  Pa  mí  no  hay  más  mu- 

jer que  tú  en  el  mundo,  ¡negra  de  mi  vida! 

Car.  Suelta,  que  me  has  torcido  un  dedo. 

Mig.  Ha  sido  sin  querer. 

Car.  Y  además  nos  están  mirando,  y  además  no 

está  bien.  ¡Nunca  reparas!...  (Mutis  de  Isidoro, 

Romualdo,  Vicenta,  Carola,  Miguel  y  Juanito.) 

Leo.  ¡Hola,  Manolol 

Mozo  Adiós. 

Leo.  ¿Cómo  te  va,  Emiliano? 

Per.  No  tan  bien  como  á  tí. 

Paco  ¿Pero  también   conoces  á  los  del  organillo? 

estás  muy  bien  relacionada. 

Leo.  Regular...  Si  no  os  conociera  á  vosotros... 

anda,  vamos  á  bailar... 

Paco  ¡Mujer!... 

Leo.  ;Ay,  que  se  me  va  á  caer  la  banda  de  María 

Luisa!  Ven  tú,  Enriquillo,  que  eres  más  co- 
rriente, que  éste  se  da  más  importancia  que 
un  simón  con  gomas. 

Paco  ¿Quieres  no  ser  golfa? 

Leo.  Ya  estáis  dándole  música,  música. 

Enr  .  (a  Paco.)  ¿Pero  qué  vas  á  hacerle?  Si  la  co- 

noces... 


—  18  — 
Paco  Pues  da  tú  el  espectáculo.  Yo  me  voy  á  to- 

,      mar  el  Café  ahí  dentro.  (Entra  al  cenador.) 
Música 


Leo. 

Anda,  dale  al  manubrio, 

dale,  chiquillo, 

que  va  á  bailar  con  gracia 

mi  cuerpecito. 

Moro 

Ahí  va  la  mejor  pieza 

del  repeitoyio, 

pa  que  bailes  á  gusto 

con  ese  polio. 

Enr. 

Vas  á  comprometerme 

con  ese  amigo, 

que  no  quiere  que  bailes 

en  estos  sitios. 

Per. 

Con  todos  sus  brillantes 

y  su  elegancia, 

á  ésta  le  tira  siempre 

la  golferancia. 

(Recitado.) 

Leo. 

Anímate,  hombre. 

Enr. 

Pero  mujer,  si  es  que... 

Leo. 

¡Agarra!  (Bailan.) 

(Cantado.) 

Pa  bailar  á  lo  chulo 

te  falta  escuela, 

que  no  es  toda  la  gracia 

meter  la  pierna. 

(Recitado.) 

Enr. 

Pero  si  yo  no  he  bailado  jamás  estas  cosas. 

Leo. 

Pues  suelta  y  verás  lo  que  es  gracia  fina. 

Enr. 

Mujer,  ¿qué  vas  á  hacer? 

Leo. 

(ai  Moro  )  Ven  acá,  tú  no  tengas  lacha. 

Moro 

Se  va  á  enfadar  el  señorito  y  le  voy  á  tener 

que  diñar. 

Leo. 

Bailas  conmigo  porque  me  da  la  gana. 

Paco 

¡Pero  no  está  bailando  con  ese  golfo!  ¡Pero 

te  parece! 

Enr. 

¡Pero  qué  vas  á  hacer,  matarla  ó  dejarla! 

(Cantado.) 

Moro 

¡Ay,  cuánto  tiempo 

que  ya  no  bailamos  así! 

—  19  — 

Leo.  No  dirás  nunca 

que  ha  sido  la  cosa  por  mí. 
Moro  ¡Ay,  qué  frescura  que  tiésl 

Leo.  ¡Tú  eres  un  exagerao! 

Moro  ¡Cualquiera  te  quita  á  tí 

lo  que  tienes  bailao! 

(Recitado.) 

Paco  ¡Pero  es  una  vergüenza! 

Enr.  ¡Pero  si  tuviéramos  vergüenza,  no  vendría- 

mos coq  ella  ni  ella  con  nosotros! 

Leo.  No  sé  si  son  los  recuerdos,  pero  estoy  acon- 

goja. 

Moro  ¡Lo  que  tú  tiés  es  una  curdela,  pero  que  re- 

gular! 

Per.  Oye,  tú,  si  por  casualidad  te  cansas,  avisa, 

que  conmigo  hay  siempre  una  continua- 
ción. 

Paco  ¡Eso  ya  es  abusar! 

Per.  Sus  van  á  dar  las  doce  y  media  bailando. 

Moro  ¡Ni  que  fueras  Lacierva! 


ESCENA  V 


DICHOS,  LA  TANGUERA,  LA  CHIRRIS  y  DON  LEANDRO 


Hablado 


Tan, 


Per. 

Moro 

Per. 

Leo. 

Moro 

Lean. 

Tan. 

Chirris 

Lean. 
Chirris 


Hay  que  desengañarse;  pa  tomar  cualquier 
cosa  en  este  tiempo  no  se  pué  venir  á  otra 
parte.] 

¿No  preguntabas  por  esa? 
¿Por  quién? 
Por  la  Chirris. 
¿Ande  está? 

Muy  buenas  noches,  don  Leandro. 
Muy  buenas  noches. 
Hola,  Moro.  Adiós,  Emiliano. 
Meterse  ahí  dentro,  que  está  ahí  esa  y  como 
es  una  cualquier  cosa,  pué  decirnos  algo. 
Se  librará  muy  bien  estando  yo. 
Es  que  no  me  gusta  dar  escándalo  en  nin- 
guna parte  como  á  ella. 


—  23  — 

Moro  (a  Leonor.)  Qué,  ¿no  os  saludáis? 

Leo.  Con  la  Matilde,  sí;  pero  con  la  Chirrjs...  sí 

pué  sé  que  la  salude  un  día  de  estos... 

Chirris  Ya  está  provocando;  meterse  adentro  he  di- 
cho. (La  Tanguera,  La  Chirris  y  don  Leandro  entran 
en  un  cenador.) 

PACO  (Saliendo  del  cenador  y  á  Leonor.)  ¿Has  vuelto  ya 

en  tí? 
Leo.  ¿No  te  habías  marchao?  Porque  ya  no  hacía 

cuenta  contigo. 
Paco  ¿Pero  te  has  propuesto  divertirte  conmigo? 

Leo.  ¡Qué  ilusión!  ¿Pero  tú  crees  que  contigo  se 

pué  divertir  nadie? 
Paco  ¿Pero  se  puede  saber  lo  que  quieres? 

Leo.  ¡Ay,  qué  hombre!  ¿Pero  no  lo  sabes?  Yo  he 

venido  aquí  para  hablar   de  negocios;  ¡solo 

que  tú,  no  sé  por  qué,  te  has  figurao  otra 

cosal 
Paco  ¿Negocios?  Ya  lo  sabes;  si  firma  el  Marqués, 

mañana  mismo  tienes  el  dinero. 
Leo,  ¿No  te  he  dicho  que  esto  es  cosa  mía  y  que 

no  quiero  que  él  se  entere?  ¿Es  que  yo  no 

tengo  crédito  pa  una  porquería  de  tres  mil 

pesetas? 
Paco  ¿Tú?  En  cuanto  cojas  los  cuartos  te   largas 

á  San  Sebastián;  ¡te  conoceré  yo! 
Leo.  Pué  que  creas  que  es  pa  eso.  Si  yo  quisiera, 

¿no  estaría  ya  en  San  Sebastián? 
Paco  ¡No  te  quieren  allí  este  añol 

Leo.  ¡Qué  mala  sangre  tienes  y  qué  mal  bicho 

eres! 
Paco  Si  no  me  enfado. 

Leo.  Ya  lo  sé;  tiés  muy  hecho  el  cutis.  ¿Pero  es 

verdad  eso? 
Paco  ¿Qué? 

Leo.  Eso  que  me  han  contao  antes. 

Paco  ¿Lo  de  tu  Marqués  y  la  brasileña? 

Leo.  Eso. 

Paco  Todo  el  mundo  lo  sabe  en  San  Sebastián  y 

en  Biarritz...  Que  te  diga  Enrique. 
Leo.  ¿Y  de  dónde  ha  salido  esa  mujer? 

Paco  Del  otro  mundo.  Es  una  artista  de  mérito. 

Ha  viajado  mucho   por  América  y  se  viste 

y  se  alhaja  que  mete  miedo.  Y  esa  peque- 


—  21  — 

ñez  que  le  giré  ayer  á  tu  amigo,  no  hay  que 
decir... 

JLeo.  (se  levanta.)  Pues  oye,  no  me  des  na...  Pero. . 

¿á  que  no  eres  capaz  de  una  cosa? 

Paco  ¿De  qué? 

Leo  De  irnos  los  dos  juntos  á  San  Sebastián. 

Paco  ¿Lo  ves  como  no  piensas  en  otra  cosa? 

Leo.  Lo  que  pienso  es  que  á  tí  te  han  dao  el  en- 

cargo de  que  no  me  mueva  de  aquí  y  de  es- 
tarme dando  la  entretenida,  pa  decir  luego, 
si  á  mano  viene,  que  yo  he  tenido  algo  con- 
tigo y  que  tengan  un  motivo  pa  plantarme. 

Paco  Leonorcilla,  que  vamos  á  ponernos  serios. 

Leo.  *  Sí,  tiés  razón,  no  hablemos  más   dé  esto  ni 

de  ná.  ¡Pero  yo  te  juro  que  mañana  mismo 
salgo  pa  San  Sebastián,  aunque  tenga  que 
dejar  aquí  todo  lo  que  tengo!...  ¡me  voy  á 
apurar  yo  por  dinero!  (ai  Moro.)  Toca,  tú, 
toca...  que  yo  he  venido  aquí  á  divertirme... 

Paco  (¡Es  una  fiera!) 

Enr.  (Pero  no  se  ha  tragado  la  partida.) 


ESCENA  VI 

DICHOS  y  LA  TANGUERA 

Tan.  Leonor,  mujer... 

Leo.  Hola,  Matilde.  No  te  extrañe  que  antes  no 

te  haya  saludao,  pero  yendo  con  esos  ya 

sabes... 
Tan.  Ya  lo  sé  y  á  eso  vengo,  pa  hablar  contigo 

con  permiso  de  aquí. 

PACO  Usted  lo  tiene.  (Paco  y  Enrique  vuelven   á    entrar 

en  el  cenador.) 

Tan.  Vamos  á  ver.  ¿Por  qué  habéis  de  estar  así 

dos  amigas,  que  habéis  sido  que  no  había 
otras,  hasta  el  punto  de  que  ya  habíais  dao 
que  decir? 

Leo.  ¿Pero  no  lo  sabes? 

Tan.  Sé  lo  que  ella  me  ha  dicho;  que  tú  este  in- 

vierno pasao,  en  el  baile  de  Bellas  Artes, 
sin  mediar  más  palabra  te  fuiste  á  ella  como 
una  fiera,  la  levantaste  las  faldas,  y  si  no 


—  22  — 

media  la  concurrencia  le  das  de  azotes  en 
público.  Cualesquiera  que  fuesen  tus  resen- 
timientos, no  me  dirás  que  eso  estuvo  ni 
medio  regular;  todo  un  salón  de  todo  un 
teatro  en  todo  un  baile  como  ese,  no  es  nin- 
guna plazuela  del  Rastro,  y  eso  de  ir  á  azo- 
tar, está  muy  feo;  todo  hay  que  mirarlo. 

Leo.  Lo  que  hay  que  mirar  es  lo  que  ella  había 

hecho  antes  conmigo,  con  una  amiga  como 
yo,  que  tú  sabes  lo  que  tengo  hecho  por 
ella;  ¡qué  cuántas  veces  no  lo  he  tenido  pa 
mí  y  he  salido  á  buscarlo  pa  ella,  y  ti  á 
mano  viene,  á  sitios  donde  no  debía  haber- 
me rebajao  en  irl 

Tan.  Eso  es  verdad. 

Leo.  Y  el  pago  fué  ir  diciendo  que  yo  me  había 

lucrao  con  sus  alhajas;  cuando  las  iba  á 
perder  y  yo  le  compré  todas  las  papeletas  en 
más  del  doble,  y  too  el  mundo  .-abe  que  yo 
no  me  quedé  más  que  con  una  lanzadera 
que  tenía  capricho  y  es  esta  que  ves,  que  no 
me  dejará  mentir;  así  y  todo,  todavía,  le  en- 
tregué quince  duros,  los  mismos  que  ella  se 
gastó  aquella  misma  noche  en  cenar  con 
El  Trueno  y  con  la  Mari,  que  fué  quien  me 
contó  todo  lo  que  había  ido  diciendo  y 
cómo  me  había  puesto,  que  tú  dirás  si  es 
ación  de  persona,  después  de  lo  que  yo  había 
hecho  y  que  á  ella  le  costaba  que  fué  así 
como  te  lo  cuento,  que  yo  no  digo  una  cosa 
por  otra  cuando  las  cosas  son  verdad...  (se 

sienta.) 

Tan.  Como  tú  lo  cuentas  es  pa  darte  la  razón; 

porque  cuando  has  hecho  favores  como  yo 
sé  que  ella  los  tié  recibidos,  duele  mucho 
un  mal  pago.  Pero,  ¿qué  quiés  que  te  diga? 
Yo,  que  conozco  á  ésta  y  conozco  á  la  Mari, 
no  puedo  creer  que  esta  dijese  lo  que  dice 
la  Mari  que  dijo;  entre  otras  razones,  porque 
ésta  tié  más  confianza  conmigo  que  con  la 
Mari,  y  de  decir  algo  me  lo  hubiera  dicho  á. 
mí  primero;  másime  que  si  yo  fuera  como  la 
Mari,  yo  te  diría  lo  que  ella  me  ha  dicho 
que  tú  le  habías  dicho  de  mí,  que  si  yo  hu- 


-     23   - 

biera  ido  á  creerla,  también  pué  que  hubié- 
ramos tenido  un  disgusto. 

Leo.  ¿Que  yo  le  he  dicho  de  tí?  ¿Cuándo?  No  será 

pa  decirlo  en  mi  cara...  ¿Qué  tenía  yo  que 
decirle  de  tí? 

Tan.  Pues  ahí  verás,  yo  no  lo  he  creído  y  tú  tam- 

poco debiste  creerte  de  ligero  de  lo  que  ella 
te  dijo  que  la  otra  había  dicho.  Y  créete  de 
mí  que  soy  tu  amiga,  aunque  tú  no  me  ha- 
yas querido  nunca  como  yo  á  tí. 

Leo.  No  sé  por  qué  dices  eso. 

Tan.  Por  algo  será. 

Leo.  Pues  di  lo  y  no  me  vengas  con  lilailas. 

Tan.  ¿Sabes  que  contigo  no  se  está  pudiendo  tra- 

tar? ¿Es  que  te  lo  has  creído? 

Leo.  ¿Lo  que  dicen  de  tí?  ¡Vaya  si  lo  he  creído! 

Tan.  ¡Leonor! 

Leo  Me  llamo. 

Tan.  ¡Eso  quisieras!  Micaela  y  gracias. 

Leo.  ¡A  mucha  honra! 

Tan.  Bequiesca  t  in  pace. 

Leo.  ¿Y  la  familia? 

Tan.  Pa  tenerla  donde  tú  la  tienes  más  vale  no 

saber  de  ella.  Y  calla  ya,  que  eres  una  golfa 
raída  que  aunque  te  vistas  de  terciopelo, 
has  de  enseñar  siempre  la  hilaza. 

Leo.  ¡Pues  vas  á  verla  toda! 

Tan.  TÚ  SÍ  que  vas  á  ver...  (Van  á  pegarse.  El  Moro  y 

el  Perrero  las  separan.  Al  ruido  salen  Paco,  Enrique, 
don  Leandro  y  La  Chirris.) 

Moro  Pero,  ¿qué  os  ha  dao? 

Per.  Pero,  ¿qué  va  á  ser  esto? 

Paco  ¡Qué  escándalo!  Tú  habías  de  ser. 

Enr.  ¡Leonor!...  ¡LeonorcitaL. 

León.  Pero,  ¿qué  es  esto?  ¡Matilde!  ¡Leonor! 

Chirris       ¡Si  ya  te  dije  que  no  hablaras  con  ella! 

Leo.  Déjame,  déjame.,  que  á  esa  la  señalo  yo 

bien  señala;  por  éstas... 

Tan.  ¡Quita  de  ahí! 

León.  Vamos,  adentro,  se  acabó,  (a  Paco.)  Sujéten- 

la Ustedes.  ¡Adentro!  (Paco  y  Enrique  intentan 
llevarse  á  Leonor  que  no  deja  de  gritar.) 

Tan.  ¡Pero  hay  que  ver!  (ai  Moro  y  ai  Perrero.)  Vos- 

otros habéis  sido  testigos,  que  vengo  de  tan 


—  24  — 

buena  forma  á  hacerla  reflexiones  de  por 
qué  estaba  así  contigo  y  de  que  no  había 
fundamento  pa  ello  y  se  me  pone  de  esta 
conformidá. 

Chirris  ¿I  ero  no  te  lo  dije?  ¡Si  esa  ha  creído  que 
puede  avasallarnos  á  tóos! 

Tan.  Pues  por  la  salú  de  mi  madre  que  en  gloria 

esté,  que  me  la  ha  de  pagar.  Esa  se  acuerda 
de  mí...  ¡Vaya  si  se  acuerda!  La  de  los  bri- 
llantes y  los  vestidos  de  Faquín. 

Leo.  ¡Qué! 

Tan.  Qué .. 

Moro  Que  sa  acabao... 

PER.  Adentro.    (La  Tanguera,    La  Chirris  y  don  Leandro 

entran  en  el  cenador.  Leonor  y  La  Tanguera  siguen 
gritando  cada  una  por  su  lado.) 

Moro  ¡Qué  Leonorl 

Per.  ¡Es  que  ha  echao  mal  geniol 

Moro  Es  que  estará  contraria.  Todo  no  hay  que 

tenerlo. 
Per.  Mejor  es  que  toquemos  pa  que  se  digan  lo 

que  se  están  diciendo,  que  estoy  viendo  que 

Vuelven  á  liarse.  (Toca  al  piano.) 


ESCENA   Vn 

DICHOS,  VICENTA,  CAROLA,  ISIDORO,  ROMUALDO,  JUANITO   y 
MIGUEL.  Después  LA  BRASILEÑA,  el  MARQUÉS  y  PEPE 


Vic.  Todo,  todo  está  muy  bien.  Salú  pa  disfru- 

tarlo es  lo  que  hace  falta. 

Rom.  Y  que  ustedes  lo  vean. 

Jua.  (a  Isidoro.)  ¿Te  has  fijao  en  los  reservaos? 

Tóos  con  su  cheslón ... 

ísid.  Sí,  éste  Romualdo  hará  aquí  negocio. 

Rom.  Ahora  van  ustedes  á  tomar  algo.  Pasaremos 

á  este  kiosco. 

Vic.  Pero  si  no  tenemos  gauas;  la  verdad. 

Isid.  Si  es  caso,  una  limoná  porque  no  digas. 

Rom.  ¡Qué  limonada!  Siquiera  unas  lonchas  de 

jamón  y  unas  aceitunas  pa  beber  de  un 
vino  muy  fresco...  ¡Vamos,  los  jóvenes!... 


—  25  — 

¡Pero   qué   acaramelaos!...   Me   parece  que 

vais  á  tener  que  casarlos  muy  pronto 
Vic.  No  hable  usted  de  eso,  que  todavía  está  por 

ver. 
Mig.  ¿Pero  ves  tu  madre? 

Car.  ¿Pero  no  la  conoces? 

Mig.  Es  que  el  mejor  día  tenemos  un  disgusto. 

¡Es  mucho  anticipo  de  suegra!  (Entran  en  un 

cenador.  Aparecen  La  Brasileña,  el   Marqués  y  Pepe.) 

Bras.  ¡Qué  noche,  espléndida! 

Pepe  Sí,  tropical. 

Per.  Tú...  no  toques  más,  que  esto  es  pa  mirarlo 

y  aquí  se  vé  y  no  se  toca... 

Moro  ¡La  gran  tía!  Pero  oye...  te  has  fijao  quién 

viene  con  ella... 

Per.  Anda,  el  de  la  Leonor.  Te  digo  que  esta  no- 

che está  esto  mejor  que  en  el  teatro. 

Isid.  Vicenta...  mira  allí. 

Vic.  El  señor  Marqués... 

Jua.  ¡El  amo! 

Rom.  ¿Pero  tú  sabías  que  estaba  en  Madrid? 

Isid.  ¡Yo  qué  tenía  de  saber!...  ¿Y  qué  hago  yo 

ahora?  ¡Aquí  tiés  á  un  hombre  en  el  primer 
compromiso!  ¿Habrá  visto  el  coche  á  la 
puerta? 

Vic.  Preséntate  á  él.  Después  de  todo,  ná  malo 

estás  haciendo...  Y  si  ha  visto  el  coche... 

IsiD.  Tiés    razón.    (Vicenta,  Carola,  Romualdo,  Juanito  y 

Miguel  entran  en  un  cenador.) 

Mar  .  ¿Pero  de  veras  no  quieres  cenar? 

Bras  ¡Ay,  no!  Déjense  de  cenar.  Un  poco  de  cham- 

pagne helado;  no  me  apetece  nada  más. 

Isid.  (saludando.)  Señor  Marqués... 

Mar.  ¡Isidoro!...  ¿Tú  por  aquí? 

Isid.  Ya  lo  ve  el  señor  Majqués...  He  salido  á  pa- 

sear los  caballos  con  el  faetón  y  me  he  traí- 
do á  la  familia.  No  sé  si  sabrá  vuecencia  que 
esto  es  de  Romualdo,  el  que  estaba  en  la  co- 
cina del  señor  Duque  cuando  yo  servía  en 
la  casa. 

Mar  .  Sí,  ya  sé.  ¿No  ocurre  novedad? 

Isid.  Ninguna,  señor  Marqués. 

Mar.  Yo  no  he  avisado  de  mi  llegada  porque  sólo 

he  venido  para  un  día  y  estoy  en  un  hotel... 


—  26  — 

He  venido  por  acompañar  á  estos  señores 
que  son  extranjeros  y  están  de  paso  en  Ma- 
drid. 

Isid.  ¿La  señora  Marquesa  y  los  niños  están  bue- 

nos? 

Mar  .  Sí,  muy  buenos. 

Isid.  ¿Manda  algo  vuecencia? 

Mar.  .Nada,  nada:    mañana  temprano  vuelvo    á 

marcharme.  ¡Que  vaya  bien!  ¿Querías  decir- 
me algo? 

Isid.  No,  señor  Marqués,  nada...  á  la  orden  de 

Vuecencia...  (Saluda  y  entra  en  el  cenador.) 

Mar.  ¡Qué  Madrid  éstel  ¿Has  visto,  Pepe?  No  es 

posible  dar  un  paso  sin  tropezar  con  alguien. 
Y  dicen  que  en  verano  no  queda  nadie  co- 
nocido. 

Pepe  Conocido,  no;  pero  que  le  conozcan  á  uno,  sí. 

Mar.  Vamos  á  sentarnos,  pero  no  aquí. 

Bras.  ¿Por  qué  no?  Eí-tá  muy  lindo. 

Mar.  Se  está  al  paso  de  todo  el  mundo.  Estaremos 

mejor  en  un  cenador. 

Pepe  Estos  me  parece  que  están  todos  ocupados. 

Voy  á  ver  por  allí  (Mutia  de  Pepe.) 

Bras.  Qué  noche  espléndida  y  qué  tiempo  lindo 

¿Sabe  que  me  agrada  Madrid? 

Mar.  Ya  se  conoce,  y  no  quieres  quedarte  siquie- 

ra dos  días. 

Bras.  Si  no  puedo,  mi  hijito,  si  debo  estar  el  miér- 

coles en  Lisboa  para  embarcar.  Pero  el  año 
próximo  vuelvo  á  Europa,  se  lo  garanto. 
Ahora  tengo  mi  contrato  en  Río  y  de  allí 
paso  á  la  Argentina...  Hay  que  ganar  plata, 
mi  niño. 

Mar.  Podías  contratarte  en  Madrid.  Yo  conozco  á 

muchos  empresarios.  Tendrías  tanto  éxito 
como  en  América. 

Bras.  ¿En  Madrid?  No,  ¡qué  esperanza!  Aquí  hay 

mucha  eminencia  y  yo  me  iría  al  bombo. 

Mar.  Es  que  no  quieres  nada  con  los  madrileños, 

y  conmigo  menos. 

Bras.  No  sea  sonso,  si  yo  soy  madrileña,  sola- 

mente salí  de  España  muy  chiquita  y  me 
dicen  Brasileña,  porque  debuté  en  Río  á  los 
catorce  años. 


—  27  - 

Mar.  ¡Qué  precocidad! 

Bras.  Pero  mi  mayor  estancia  ha  sido  en  la  Ar- 

gentina. Ya  ve  que  mi  acento  es  español  más 
que  nada.  Puedo  decir  que  no  soy  nasión  de 
ninguna  parte.  Soy  de  todas  como  todas  las 
artistas;  los  artistas  somos  nada  más  viaje- 
ros... Es  por  eso  que  no  debemos  de  querer 
nunca,  por  no  llorar  después  ausencias. 

Mar.  Hasta  ahora  no  había  comprendido  que   se 

vuelva  uno  loco  por  una  mujer. 

Bras.  ¡Qué  rico  tipo!  ¡Déjese,  no  más  y  no  digas 

someras!  ¡Que  puedo  creérmelo!  Vamos  á 
beber  un  poco  de  Champagne  á  nuestra  des- 
pedida. 

Mar.  No,  despedirnos  no:  hasta  Lisboa,  hasta  el 

último  instante. 

Bras.  ¿Pero  de  veras  viene  á  Lisboa?  Que  va  á 

molestarse,  (pepe  sale.) 

Mar.  t  Y  no  voy  más  allá  porque  no  sé  dónde  lle- 
garía... 

Pepe  Ya  he  dicho  que  nos  sirvan  en  el  sitio  más 

fresco.  Cerca  del  río. 

Bras.  ¿ElManzanares?¿Es  tan  petiso  como  le  disen? 

Pepe  ¿Petiso? 

Bras.  Tan  chiquito... 

Pepe  ¡Ah!...  sí,  muy  petiso,  pero  muy  lindo  ¿sabe? 

Bras.  Vos  se  burla  siempre  de  mí  y  me  tiene  muy 

enojada  ¿sabe? 

Mar.  ¡Es  deliciosa!  ¡Chico,  esta  mujer  me  vuelve 

loco!  (Mutis  de  La  Brasileña,  El  Marqués  y  Pepe.) 

Per.  ¡Aquí  dio  fin  la   Leonor!  Porque  al  lao  de 

ésta...  Esto  es  el  Machaco  hembra. 

Moro  Eso  será  una  apreciación  tuya,  porque  pa 

mí,  siguen  estando  la  Leonor  y  el  Bomba 
chico  muy  por  cima,  ca  uno  en  su  género. 
¿Qué  tié  esta  mujer  de  particular,  ni  por 
donde  le  llega  á  la  Leonor. 

Per.  ¿Pues  no  le  tié  que  llegar?  Es  que  pa  tí  no 

hay  más  que  esa  mujer,  como  ha  sido  la 
única  en  que  has  encontrao  calor  en  tu 
vida... 

Moro  ¡La  única!  ¿Y  tú?  ¡El  Tenorio  modernista! 

Per.  Quisieras  tú  lo  que  yo  desecho  pa  poner  un 

harem. 


—  28  — 

Moro  Ya  te  vi  la  otra  noche  con  una,  y  creí  que 

habías  vuelto  al  comercio  de  perros. 
Per.  Oye  tú,  que  era  mi  cuñáa. 

Moro  Más  te  vale. 

Per  .  ¿Y  si  levantásemos  la  sesión? 

Moro  Por  levanta. 


ESCENA  VIII 

DICHOS  y  LA  TANGUERA 

Tan.  Emiliano,  has  favor. 

Per.  Lo  que  tú  quieras. 

Tan.  ¿Está  ahí  todavía  la  Leonor? 

Per.  Allí  está. 

Tan.  ¿Has  visto  que  ha  venido  el  suyo  con  una? 

Per.  Ya  lo  he  visto. 

Tan.  ¡Esa  que  le  dicen  la  Brasileña,  que  ha  he- 

cho tanto  ruido  este  año  en  San  Sebastián? 

Per.  Nunca  la  había  visto. 

Tan.  No  ha  estao  nunca  en  Madrid.  Es  artista  de 

varietés.  Dicen  que  vale. 

Per.  No  te  llegará. 

Tan.  A  mí  ni  que  valga  más  que  la  Otero.  Gra- 

cias á  Dios,  ya  me  he  quitao  del  teatro  pa 
in  eternum  y  estoy  tan  ricamente,  que  pa  eso 
he  sabido  guardar,  no  como  otras  que  han 
de  verse  muy  malamente. 

Per.  La  Leonor,  pongo  por  caso. 

Tan.  Esa  es  una.  Oye  tú;  ¿se  habrá  enterao  de 

que  está  ahí  el  Marqués? 

Per.  No  creo,  Está  sentá  de   espaldas...  y  desde 

allí  no  se  distingue,  y  menos  que  ella  no 
pué  pensarse  que  él  esté  aquí. 

Tan.  ¿Vas  á  hacerme  un  favor? 

Per.  Ya  he  dicho  qoe  tó  lo  que  tú  quieras. 

Tan.  Vas  á  llegarte  donde  está  el  Marqués  y  vas 

y  le  saludas  con  mucho  respeto,  tú  ya  sa- 
bes, y  vas  y  le  dices,  que  de  parte  de  un 
amigo  que  quiere  saludarle,  que  le  esperan 
allí...  y  le  acompañas  y  le  dices  dónde. 

Per,  ¡Mujerl  ¿Y  si  luego  preguntan  quién  me  ha 

dao  el  recao? 


—  29  — * 

Tan.  Pues  dices  que  he  sido  yo,  y  que  vengan  á 

mí,  que  yo  sabré  contestar. 

Per.  Mira  que  la  Leonor  va  á  armarnos  el  pri- 

mer lío. 

Tan.  Si  contigo  no  se  ha  de  meter  nadie,  que 

aquí  estoy  yo.  Ya  estás  perdiendo  el  tiempo. 

Per.  Pero... 

Tan.  ¿No  tiés   na   pa  cumplirse?  (Le  da  dinero.) 

Toma  y  calla,  y  déjame  á  mí  que  soy  tu 
amiga  y  más  has  de  sacar  de  mí  que  de  esa 
que  ya  la  conoces,  me  parece... 

Per.  Tan  conocida... 

Tan.  Desde  allí  OServO.  (Entra  en  el  cenador.) 

Moro  (ai  Perrero.)  ¿Se  pué  saber  dónde  vas? 

Per.  A  un  encargo.  ¿Te  importa? 

Moro  A  ver  si  te  dan  á  tí  el  encarguito. 

Per.  Eso  es  Cuenta  mía.  (Mutis  del  Perrero.) 

Moro  Pues  anda  con  Dios,  (ai  mozo  que  pasa  con  un 

servicio  )  O/e  tú. 

Mozo  ¡Que  llevo  prisa! 

Moro  Espera.  Vas  á  decirle  á  la   Leonor,  de  mi 

parte,  que  venga  aquí  deseguida  que  tengo 
que  decirla  algo  muy  urgente. 

Mozo  ¿Pero  cómo  voy  á  decirle  yo,  estando  con 

unos  ¡señores,  que  tú  la  necesitas? 

Moro  Si  es  ella  la  que  me  necesita  á  mí,  que  no  es 

lo  mismo.  Sobre  tó  tú  se  lo  dices  que  nadie 
te  dirá  nada  y  ella  menos. 

Mozo  Allá  tú:  ¡verás  con  el  amo  si  hay  un  disgus- 

to en  la  Casa!  (El  Mozo  entra  en  el  cenador  donde 
está  Leonor,  le  da  el  recao  y  después  hace  mutis.) 

ESCENA  IX 


DICHOS    y    LEONOR 

Leo.  Qué,  ¿me  has  llamao? 

Moro  Sí,  porque  aunque  too  se  haya  acabao,  pa 

mí  eres  siempre  la  misma. 

Leo.  Igual  te  digo. 

Moko  Yo  estoy  viendo  que  aquí  hay  una  mala  vo- 

lunta contra  tí  y  que  aquí  te  han  traído  pa 
meterte  en  una  encerrona. 

Leo.  ;A  mí? 


~    30  - 

Moro  ¿Sabes  quién  está  aquí? 

Leo.  ¿Quién? 

Moro  El  Marqués. 

Leo.  ¡En  Madrid!  ¿Que  está  en  Madrid,  sin  sa- 

berlo yo? 

Moro  Si  no  fuera  más  que  en  Madrid...  Está  ahí; 

con  una  mujer  y  otro  amigo;  ahora  mismito 
me  está  oliendo  de  que  han  ido  á  darle  el 
soplo  de  que  tú  estás  y  con  quién. 

Leo.  Habrán  ñáo  esas,  ¿verdad? 

Moro  ¿Qué  más  tiene?  Lo  mejor  que  pues  hacer 

es  ahuecar  y  cuando  vengan  á  buscarte  que 
averigüen.  Yo  seré  el  primero  en  decir  que 
no  te  he  visto  y  que  too  es  mentira. 

Leo.  ¿Irme  yo?  ¡Tú  no  me  conoces!  Yo  no  tengo 

pa  qué  esconderme;  yo  he  venido  aquí  á  lo 
que  he  venido...  ¡Pero  él!...  ¿Dices  que  con 
una?  Será  esa  la  de  San  Sebastián...  Y  no  me 
avisa  de  que  viene...   ¡Claro!  ¿Dónde  están? 

Moro  ¡No  vayas!  Si  alguien  vendrá...  ¿No  te  digo 

que  ya  están  avisaos? 

TAN.  (Cantando  dentro.) 

Tú  no  quisiste  la  paz 
cuando  la  paz  te  ofrecí. 
¡Por  lasalú  de  mi  madre 
que  te  has  de  acordar  de  mí 
Leo.  Ese  cantar  tiene  su  intención  y  alguien  se 

va  á  quedar  ronca  esta  noche. 

UNO  (Dentro,  cantando.) 

Como  yo  te  quiero  á  tí 
no  te  habrá  querido  nadie. 

¡Por  tí  he  robao! 

¡Por  tí  he  matao! 
Por  tí  he  faltao  á  mi  madre! 
¡Y  por  tí  me  iré  al  infierno 
si  tú  quieres  condenarme! 

(Palmas  y  jaleo  de  todos.) 

Moro  Déjala. 

ÜRAS.  (Cantando  dentro.) 

¡Palomita  blanca! 

¡Vidalita! 
¡De  color  de  nieve! 
¡al  pasar  me  heriste!... 

¡Vidalita! 
¡Ay,  cómo  me  duele! 


—  31  — 

Leo.  Esa,  esa  es  ella,  ¿verdad? 

Moro  Cá  uno  canta  lo  suyo...  ¡Esa  es  la  vida!  Pero 

ya  han  acabao  de  cantar,  aquí  no  se  oye  ya 

á  nadie.  (Va  á  tocar  el  piano.) 

Leo.  No,  deja,  no  toques  ahora.  ¡Que  canten  to- 

dos! Yo  cantaré  más  fuerte  que  todos,  y  me 
han  de  oir  por  cima  de  todos...  Yo  te  lo  ase- 
guro. 

Música 

Leo.  Cada  uno  canta  lo  que  siente 

y  yo  también  quiero  cantar; 

aunque  me  esté  ahogando  el  coraje 

no  me  ha  de  ver  nadie  llorar. 
Moro  ¡Tú  ríete  del  mundo! 

Leo.  Ya  ves  que  sí. 

Moro  Cuando  todos  te  falten, 

estoy  yo  aquí; 
y  canta,  canta. 
Leo.  ¿No  he  de  cantar? 

Aunque  me  esté  ahogando  el  coraje 

no  me  ha  de  ver  nadie  llorar. 


Todo  el  mundo  contra  mí 
y  yo  contra  el  mundo  sola; 
pero  yo  sola  me  basto 
y  todo  el  mundo  me  sobra. 


Tan.  Tu  cantar  no  es  sentimiento, 

y  tu  cantar  no  me  engaña; 
tu  cantar  es  alegría 
y  por  llorar  no  lo  cantas. 

(Recitado.)  , 

Leo.  ¡Qué  más  quisieras  tú! 

Moro  ¿Pero  te  se  saltan  las  lágrimas? 

Leo.  ¡A  mí!  Es  de  rabia. 

(Cantado.) 

Las  fatigas  del  querer 
esas  sí  que  son  fatigas, 
sólo  acaban  con  la  muerte 
como  se  acaba  la  vida. 


—  32  — 

(Recitarlo.) 

Moro  ¡Ay,  qué  verdad! 

Leo.  Pero  yo  no  estoy  por  morirme  ni  por  pasar 

fatigas.  ¡Maldito  sean  los  hombres! 

(cantado.) 

Bras.  Una  palomita,  vidalita," 

para  mí  crié; 
se  juntó  con  otra  vidalita, 
con  ella  se  fué. 
Leo.  Cada  uno  canta  lo  que  siente 

y  yo  también  quiero  cantar; 
aunque  me  esté  abogando  el  coraje 
no  me  ba  de  ver  nadie  llorar. 


ESCENA  X 

DICHOS,  el  MARQUÉS  y  EL  PERRERO 

Hablado 

Mar.  ¿ Dónde  está  ese  amigo? 

Per.  Venga  usted...  ¡Leonor! 

Mozo  La  he  avisao  yo  antes  que  tú  al  otro. 

Per.  ¿Yo? 

Mozo  Ven  acá  y  dejémoslos...  y  á  tí  ya  te  diré  yo... 

¡boceras!  (Mutis  el  Moro  y  el  Perrero.) 

Mar.  ¿Conque  eres  tú? 

Leo.  Qué  sorpresa,  ¿verdá? 

Mar.  No...  ¿por  qué? 

Leo.  Es  verdad.  Como  he  recibido  tu  telegrama, 

en  lugar  de  bajar  á  la  estación  te  he  esperao 
aquí  más  fresca. 

Mar.  No  avisé  porque  he  venido  de  pronto. 

Leo.  Cuidao  con  los 'prontos...  asuntos  de  fami- 

lia, ¿verdá? 

Mar.  Deja  á  la  familia,  que  tienes  esa  mala  cos- 

tumbre. 

Leo.  ¿No  es  de  educación  preguntar  por  ella? 

Mar  .  Bueno,  bueno,  no  hablemos  más.  ¿Qué  vas  á 

decirme?  Que  estoy  aquí  con  unos  amigos; 
tú  con  otros...  No  hace  falta  explicaciones. 


—  33  - 

Leo.  Ni  yo  te  las  daría.  ¡Si  está  too  explicao!  Solo 

que  te  falta  saber  una  cosa,  que  yo  no  co- 
nozco á  tus  amigos;  tú  á  los  míos,  sí;  de- 
masiao. 

Mar.  Es  posible. 

Leo.  Paco  y  Enrique;  íntimos. 

Mar.  ¿Paco  Téllez?¿Está  en  Madrid? 

Leo.  ¡Otra  sorpresa!  ¡Hazte  de  nuevas!  ¿No  te  ha 

mandao  ayer  un  dinero?  ¿No  le  tiés  encar- 
gao  que  no  me  facilite  fondos  pa  tenerme 
aquí  too  el  verano...  y  poderte  tú  divertir  á 
tu  gusto?  ¿No  anda  él  detrás  de  mí  too  este 
tiempo...  siendo  así  que  nunca  se  le  había 
pasao  por  la  imaginación,  con  las  veces  que 
ha  tenido  ocasión  pa  ello?...  ¿No  estaba  too 
esto  mu  preparao  pa  encontrarme  tú  hoy 
aquí  y  tener  derecho  á  decirme  que  te  falto? 

Mar.  ¿De  donde  sacas  eso? 

Leo.  ¿Pero  te  crees  que  no  os  conozco  á  tí  y  á 

Paco  y  á  los  hombres?  Si  estas  cosas  acaban 
siempre  así,  con  la  misma  combinación. 
¡Sabéis  mucho  los  hombres,  sólo  que  toos 
sabéis  lo  mismo  y  una  k>  aprende  pronto!... 
Lo  que  tú  no  sabes  es  que  yo  estaba  al  cabo 
de  too,  y  que  si  he  venido  aquí  no  ha  sido 
de  engaña,  sino  porque  sabía  que  tú  habías 
de  venir  y  con  quién. 

Mar.  ¡No  digas  disparates!  Que  tú  sabías...  ayer 

mismo  no  lo  sabía  yo,  ni  he  avisado  á  nadie 
de  este  viaje,  ni  nadie  ha  podido  verme  en 
Madrid  desde  que  he  llegado,  ni... 

Leo.  ¿Conque  nadie?  Recuerda  bien.  ¿No  has  di- 

cho á  nadie  que  venías  aqui?  ¿Ni  siquiera  al 
cochero  que  te  ha  traído?  ¿Ni  te  ha  visto 
nadie?  Ni  siquiera  en  el  tren,  ni  siquiera  en 
la  estación...  ¡Habrás  venido  en  globo,  que 
es  la  última!...  Lo  que  te  digo  es  que  no  ha- 
bías llegao,  cuando  yo  sabía  que  estabas 
aquí  esta  noche  y  que  contigo  venía  esa  mu- 
jer. Y  por  eso  me  hice  la  tonta  cuando  Paco 
me  dijo  de  venir  á  comer  aquí...  porque 
sabía  que  esta  noche  era  el  fin  de  too,  porque 
pa  mí  esta  noche  has  muerto,  sólo  que  otro 
día  pué  que  lo  hubiera  sentido  algo,  porque 

3 


-  34  - 

al  fin  no  es  un  día  ni  dos  los  que  llevamos; 
pero  esta  noche  me  ha  dao  por  reir...  y  quitao 
alguna  que  me  está  oyendo  detrás  de  los 
ebonimos  y  pensará  que  yo  no  lo  he  guipao, 
y  es  la  que  se  va  á  llevar  too  el  disgusto,  pa 
mí  día  de  gala,  porque  estaba  deseando  que 
ocurriese  esto  ó  algo  parecido  pa  concluir; 
de  modo  que  podías  haberte  ahorrao  una 
porción  de  combinaciones,  que  te  habrás 
quedao  más  calvo,  y  en  lugar  del  bisoñe  vas 
á  necesitar  peluquín  entero. 

Mar.  ¿Pero  qué  estás  diciendo¿  ¿Tú  crees  que  yo 

.  puedo  creer?... 

Leo  .  ¡Si  esto  ya  me  lo  esperaba!  ¡Si  nos  está  muy 

bien  empleao  á  las  mujeres  por  tener  senti- 
mientos y  creernos  que  los  hombres  agra- 
decen nada!  Si  luego  dicen  que  hay  quien 
pega  á  una  mujer;  si  debían  de  matarnos  á 
todas  y  á  mí  la  primera  por  dejarse  una 
arrastrar  del  cariño...  Si  este  es  el  pago  de 
haberme  comportao  decentemente;  con  el 
porvenir  que  yo  tenía  por  delante...  y  qué 
bien  dice  la  novela  que  trae  el  periódico 
que  es  la  propia  realización  de  lo  que  me 
está  á  mí  pasando;  que  la  virtud  nunca  se 
ve  recempensá  en  este  mundo... 

Mar.  ¡No  digas  tonterías! 

Leo.  ¡Quita,  quita!  Ni  verte,  ni  saber  de  tí...  ya 

pues  verte  lo  peor  del  mundo...  quita, 
quita! 

Mar.  ¿Pero  no  dejas  hablar? 

Lto  ¡Ay!...  ¡ay!..  que  me  estoy  conteniendo  y  no 

puedo  callarme  más,  y  si  no  rompo  algo, 
me  dará  el  ataque...  j  Ay!...  ¡ay!...  (Le  da  un  ata- 
que de  nerrios.) 

Mar.  ¡Leonor!...  ¡Leonorcita!...  ¡Vida!...  ¡Oye,  es- 

cucha!... 
Leo  (Dando  gritos.)  ¡Ay!...  ¡ay!... 


—  35  — 


ESCENA  ULTIMA 

VICENTA,    CAROLA,    ISIDORO,  ROMUALDO,  JDANITO,  MIGUEL, 

el  MORO  y  el  PERRERO,  que  acuden  á  los   gritos.  LA  TANGUERA 

y  la  CHIRRIS  se  acercan,  pero  sin  acercarse  PACO  y  ENRIQUE 

Todos         ¿Qué  pasa?  ¿Qué  es?  ¡La  escena!  ¡Agua! 

CAR.  ¡Que  güela  algo!  (Carola  saca  las  vinagreras  del  co 

medor.) 

Tan.  Pamplinas  pa  los  canarios.  ¡El  accidente! 

¡Se  lo  tengo  ensayao! 

Vic.  Que  es  el  aceite,  mujer... 

Car.  ¡Es  verdad!  ¡Qué  cabeza! 

ísid.  ¿Se  le  ofrece  algo  al  señor  Marqués? 

Mar.  ¡Nada!  ¡Nada! 

Car.  ¡Ya  vuelve! 

Vic.  ¡Güela  usté,  güela  usté! 

Leo.  ¡Ay! 

Mar.  Anda,  apóyate  y  vamonos... 

Leo.  ¿Contigo? 

Mar.  Sí,  conmigo...  No  demos  más  espectáculo. 

Leo.  ¡No,  así  no!  Tiés  que  creer  en  mí. 

Mar.  ¡Si  lo  creo  todo! 

Leo.  ¿A  qué  ha  venido  por  aquí  Paco? 

Paco  Hemos  venido  á  tratar  de  un  asunto  de 

dinero.  Yo  no  quería  dárselo  sin  que  tú 
firmaras. 

Mar  Sí,  firmaré.  Ella  dice  que  yo  te  había  dado 

el  encargo  de  tenerla  en  Madrid,  cuando 
tú  sabes  que  si  este  año  no  ha  venido  á  San 
Sebastián,  es  porque  está  allí  la  familia  de 
mi  mujer  y  no  me  conviene  que  se  enteren 
de  muchas  cosas,  por  muchas  razones. 

Paco  ¡Digo,  si  tu  suegro  se  disgusta!  ¡Y  tu  suegra! 

Mar.  ¡Naturalmente!   ¡Pero  ésta  no  se  hace  cargo 

de  nada!  * 

Leo.  Tú,  tú  eres  el  que  no  sabe  apreciar  mi  de- 

licadeza. 

Mar.  Sí,  mujer,  sí... 

Leo.  De  rodillas  tiés  que  pedirme  perdón. 

Map.  Sí,   mujer,   sí...  pero  vamonos.  Tú,  Paco, 

dile  á  Pepe,  que  está  ahí  con  esa,  que  se  la 
lleve  cuando  quiera,  dile  lo  que  ocurre...  y 


—  36  - 

á  ella...  á  ella  no  la  digas  nada,  que  lo  arre- 
gle  Pepe;  él  sabrá   cómo   arreglarlo.   ¡Ah! 
toma  para  que  pague  la  cuenta.   Vamonos, 
vamonos. 
Paco  De  modo  que  sigues...  ¿No  decías  que  que- 

rías acabar*?... 
Mar.  ¿Qué  quieres?  En  cnanto  la  veo  me  vuelve 

loco...  Es  la  única  mujer  que  me  ha  vuelto 
loco. 
Isid  Aquí  no  ha  pasado  nada. 

Tan.  ¡Luego  dicen  los  hombres  que  les  engañan. 

Chirris        Si  esta  Leonor  yo  no  sé  lo  que  tiene:  es  que 

los  vuelve  tontos. 
Tav.  Yo  creo  que  los  busca  así  y  se  ahorra  de 

volverlos. 
Leo.  No,  yo  no  me  voy  ahora  de  aquí;  aquí  nos 

quedamos,  y  que  nos  vean  todos,  y  que  ra- 
bien más  de  cuatro,  y  quiero  conocer  á  e&a, 
y  vas  á  presentarme... 
Mar.  ¡Pero  mujer! 

Leo.  Y  que  vea  lo  que  sinifico  pa  tí...    Y  si  no, 

hemos  concluido. 
Mar.  Sí,  mujer...  lo  que  tú  quieras,  como  tú  quie- 

ras. 
Leo.  Y  vas  á  convidar  á  todos  estos  amigos,  y  á 

tu  servidumbre,  y  á  los  pianistas,  y  á  bailar 
todos,  y  á  divertirnos  todos. 
Mar.  Sí...  sí...  ¿por  qué  no?  Lo  que  tú  quieras... 

como  tú  quieras. 
Leo.  ¿Vas  á  tener  reparo?  No  sé  por  qué.  ¡Aquí 

todos  somos  unos! 
Rom.  Así  es. 

Mar.  Sí,  es  verdad;  todos  somos  unos... 

Isid.  No  es  mucha  moralidá; 

si  esto  fuese  una  obra  seria, 
pero  como  es  un  saínete 
no  hay  que  tener  esigencias 
ni  con  el  que  esto  escribió 
ni  con  quien  lo  representa. 
Y  pues  todos  somos  unos, 
¡perdonad  las  faltas  nuestras! 
(El  Moro  toca  el  piano,  todos  bailan  y  cae  el) 

TELÓN 


Precio:  UJiGL  peseta